Aspectos
críticos científico-tecnológicos sobre los campos electromagnéticos
(*)
"Congreso Internacional de Bioelectromagnetismo 1999:
Ciencia, Medicina y Progreso"
(Alcalá de Henares, 11/12 de noviembre de 1999)
Pedro
COSTA MORATA
Ingeniero Técnico de Telecomunicación y Sociólogo
Gabinete de Medio Ambiente del colegio Oficial de Ingenieros Técnicos
de Telecomunicación
Persistencia
de la polémica sobre la interacción campos electromagnéticos-salud
humana
Excesos físico-matemáticos
Crisis de la idea de progreso
Apunte interdisciplinar
Persistencia
de la polémica sobre la interacción campos electromagnéticos-salud
humana
Tal y como era de esperar de una polémica a la que corresponden coordenadas
más sociales que físico-biológicas, no se avanza gran
cosa en conclusiones que hayan de ser ampliamente aceptadas acerca de los
posibles efectos nocivos de los campos electromagnéticos (CEM) en los
organismos vivos, y sobre todo en la salud humana. Desde la parte, digamos,
tranquilizadora (empresas, administraciones, la gran mayoría de los
representantes de la ciencia oficial) se sigue repitiendo sin desmayo ni variación
que "no hay indicios suficientes" y que "no hay evidencias"
sobre esos efectos perjudiciales. Pero sobre esos mismos efectos sigue alzándose
la parte, digamos, crítica, que quizás va escorándose
cada vez més hacia la vertiente de lo social, no sólamente por
su origen popular o sociopolítico (asociaciones de vecinos, grupos
ecologistas, incluso partidos políticos) sino por la creciente dificultad
de encontrar desde la ciencia no oficial (reducidísima, casi inexistente)
un tratamiento global de este problema que resulte asumible por la fracción
dominante.
Efectivamente, puede no haber incicios, ni evidencias suficientes de esos
efectos perjudiciales, pero está claro que tampoco los hay de lo contrario;
sólo hay insuficiencias, sin garantías de que sean indicadoras
de una situación estable y consolidada en lo físico-biológico.
Quedaría por determinar en quién recae la carga de la prueba,
si -como se pide desde el bando tranquilizador- sobre los críticos
o - como exigen éstos- sobre los que vienen desarrollando tecnologías
de gran amplitud e impacto sin garantías absolutas sobre efectos secundarios
o deletéreos. Barry Commoner, biólogo y ecologista norteamericano,
hacía observar en uno de sus primeros trabajos (1963) la indiferencia
de la ciencia moderna sobre las consecuencias indeseables de su
propio desarrollo, y señalaba que "puesto que la revolución
científica generadora de la moderna tecnología tuvo lugar en
el campo físico, parece natural que la ciencia moderna facilite mejores
controles tecnológicos sobre la materia inanimada que sobre los seres
vivos" (1). Es a la ciencia y la tecnología emergentes a las que
corresponde, desde luego, demostrar que sus efectos secundarios van a ser
o nulos o asumibles socialmente.
Pero esa indecisión de fondo acerca de la verdadera significación
para la salud de los CEM no deja de producir efectos en la normativa. Por
eso se establecen límites y niveles de referencia en varias de las
magnitudes que definen los CEM. Pesa en esta actitud, evidentemente contradictoria
con la
seguridad y cerrazón de la que hace alarde la parte tranquilizadora,
la duda científica de fondo y la responsabilidad política, aspectos
ambos que son el resultado de la experiencia habida en otros episodios científico-técnico-sanitarios,
sobre los que el tiempo -a veces de forma brutal- ha acabado por despejar
las dudas, resistencias e indecisiones durante largo tiempo mantenidas. En
gran medida, este es el caso de las radiaciones ionizantes procedentes de
las explosiones nucleares, tan alegre e irresponsablemente incontroladas durante
años con el apoyo -o al menos el silencio cómplice- de una parte
esencial de la comunidad científica.
En resumen, y celebrando que las cuestiones relativas a los CEM hayan salido
y salgan de los ambientes científico-tecnológicos para instalarse
en el corazón de la decisión político-social, hay que
aludir a lo que actualmente se llama "gestión de riesgo"
(avance sobre la realidad política y jurídica de lo que es la
"evaluación del riesgo"), que se puede definir como "un
proceso de decisión más subjetivo que implica consideraciones
políticas, sociales económicas y de gestión necesarias
para desarrollar, analizar y comparar las opciones legislativas" (2).
Esta gestión se lleva a cabo, en definitiva, respondiendo simplemente
a las preguntas: ¿Cuánto riesgo hay?, ¿Qué estamos
dispuestos a aceptar? y ¿Qué deberíamos hacer? Con lo
que queda debidamente ubicado -en lo institucional y lo global- el problema
electromagnético.
Excesos físico-matemáticos
Así, si bien se asegura que no existe ninguna prueba de que irradiaciones
electromagnéticas con densidad de potencia por encima de los 10 mW/cm2
produzcan en los humanos efectos nocivos, todos los países y organismos
se alejan considerablemente de ese nivel, estableciendo normativamente, por
lo general, entre 05 y 1 mW/cm2 el límite de irradiación;
y esto se hace así "para mayor seguridad"...
Dudas más profundas son las que se ciernen sobre las garantías
de los "modelos biofísicos" manejados en estas tareas que,
descartando la identificación de cualquier mecanismo de interacción,
pretenden fundamentar sobre ellos mismos la conformidad social. Si en estos
modelos se excluye la posibilidad de que los CEM interfieran en proteínas,
enzimas o tejidos biológicos a la luz de la experiencia conocida, se
está contemplando la realidad de forma restrictiva
(3), generalmente con exceso de celo físico-matemático. Las
afirmaciones, por otra parte, de que "no se dispone de evidencias epidemiológicas
que avalen la relación postulada entre la exposición a CEM y
un incremento en el riesgo de defectos en los procesos de reproducción
y desarrollo, o de
alteraciones mentales y del comportamiento"(4) restringen claramente
las lecciones de los estudios epidemiológicos ya que "los resultados
obtenidos no demuestran una relación dosis-respuesta"(5), con
lo que la capacidad de estos estudios para arrojar luz definitiva en este
asunto parece ir disminuyendo, en lugar de crecer en fiabilidad.
Resultan evidentes los excesos de la física matemática actual,
incluso en los campos de los que parecería esperarse de ella una explicación
plausible ( si no definitiva) sobre cuestiones esenciales que afectan al entendimiento
básico de nuestro universo (aunque no a los problemas ordinarios de
nuestra sociedad). La generalización del trabajo científico
mediante la elaboración de teorías casi totalmente matemáticas
no puede evitar que se lancen sobre esta metodología, de forma cada
vez más agria, acusaciones de irrealidad y, en todo caso, de alejamiento
de los intereses más generales. Es irritante que se tenga que admitir
-en un momento de nueva exaltación de la llamada "conquista espacial"-
que no se conocen bien los mecanismos celulares y moleculares implicados en
la acción sobre los humanos de los CEM, y por lo tanto se desconozcan
casi todo sobre límites o umbrales de exposición. En un mundo
crecientemente elctromagnético, que envuelve a seres eminentemente
eléctricos como son los humanos, se concede mucha más importancia
a
conocer el espacio exterior, incluso el más lejano, que el inmediato
y acuciante mundo de la vida celular y su comportamiento bajo influencias
nuevas de índole tecnológica. Los estudios epidemiológicos
son, en este contexto, un recurso -tanto si se acometen con ánimo defensivo
como si se instrumentalizan a modo
de recusación- que muestra ya sus limitaciones en cuanto a alcanzar
un mejor conocimiento de mecanismos biofísicos esenciales.
Frente a estos estudios epidemiológicos, a los que se sigue dando tanta
importancia por su aparente capacidad de establecer/descartar mecanismos evidentes,
se alza la no linealidad de la gran mayoría de los fenómenos
naturales, constituida en base científica que cada vez perturba más
el trabajo, en gran medida autocomplaciente, de los científicos enmarañados
en la transcripción matemática de esos acontecimientos. La no
linealidad como realidad desconcertante -si bien muy frecuente- está
presente también en la biofísica de los campos electromagnéticos.
Así, no hay explicación aparente (ni función matemática
que la ilustre) de la relación sorprendente entre el incremento de
valor de las radiofrecuencias y la tasa de absorción específica
(TAE) resultante
en humanos, que tras un tramo de aumento casi lineal experimenta un brusco
descenso a partir de los 80/90 Mhz para estabilizarse entre los 500/1.000
Mhz, volviendo a remontarse lentamente sobre los 50.000 Mhz (6).
Este ejemplo sirve para destacar la especificidad de los organismos vivos
en su comportamiento ante -o bajo- agentes que muestran una acción
claramente lineal; la respuesta, el impacto real puede no seguir la misma
función. De ahí el extremado cuidado de que hay que hacer gala
cuando se intenta trasladar teorías matemáticas de uso más
o menos habitual e incluso convincente en el mundo de los fenómenos
físicos al de los seres vivos: la capacidad vaticinadora de estas teorías,
o de los modelos matemáticos aplicados, se reduce notablemente. Y es
que, como advierte Ernst Mayr, "cada organismo es único y cambia
además de un momento a otro" (7).
Cuando se establece en el umbral de la ionización -esos 12, 4 eV correspondientes
a radiaciones con longitudes de onda del orden de cientos de angströms
y frecuencias de miles de terahercios -la radicalidad del si/no para los efectos
mutagénicos se está descartando, al menos, que las sinergias
entre lo electromagnético y lo tóxico, por ejemplo, pueden neutralizar
la virtualidad física de ese nivel energético-matemático.
Y en consecuencia, se sobrevalora un determinante físico escueto al
desconocerse la realidad global natural, que actúa como algo distinto
a la suma de realidades parciales.
Las teorías del caos vienen en nuestra ayuda y nos fortalecen en el
escepticismo antimatematicista, tan necesario en momentos en que la confusión
y hasta la charlatanería orlan el trabajo científico. Efectivamente,
el caos es una característica de muchos sistemas no lineales, es dedir,
que presentan soluciones distintas según varíen las condiciones
iniciales. Y es evidente que "si existe un sistema no lineal, este es
el que forma el conjunto de la naturaleza" (8).
El exceso matematicista de la física actual es evidente. Porque si
bien los modelos numéricos funcionan particularmente bien en astronomía
y en física de partículas, por ejemplo, contribuyendo a que
los físicos puedan definir lo que de otra foma sería indefinible,
no son en absoluto seguros cuando se aplican a entidades o fenómenos
tan complejos como los de la Biología. "Un quark -dice Horgan-
es un constructo totalmente matemático y sus propiedades, como el encanto,
el color, la extrañeza, son propiedades matemáticas que no tienen
analogía con el mundo macroscópico en que vivimos" (9).
Ese
matematicismo, o fisicismo matematicista tiene su referencia, en gran medida,
en el célebre enunciado de Galileo (1564-1642) de que la naturaleza
está escrita en lenguaje matemático (10), así como
en el racionalismo del siglo XVII, que el tiempo ha demostrado que reduce
y coacta la extensa realidad natural, y muy especialmente la de los fenómenos
no lineales, que son quizás la mayoría y desde luego los más
importantes. Paul Dirac (1902-84), en nuestros días, ha retomado la
misma idea pero corrigiéndola con humildad y tomando buena nota de
los excesos de la física matematicista; porque no todas las soluciones
de las ecuaciones/leyes matemáticas han de tener significado físico.
Dirac aclaró que en su opinión la física era matemática,
aunque no cualquier tipo de matemática, y puesto que postulaba que
las leyes físicas deben tener belleza matemática,
las expresiones matemáticas bellas eran, para él, las razonable
e intrínsicamente efectivas en las ciencias naturales. Otra observación
de aplicación en nuestra reflexión es que si bien las estructuras
matemáticas son infinitas no sucede lo mismo con las leyes que describen
la naturaleza: es decir, que lo que es matemáticamente posible no tiene
por qué serlo físicamente (11). Cabría añadir,
a esa revisión galileana, que no puede asegurarse que todos
los fenómenos y leyes físicas hayan de tener expresión
matemática exacta, o al menos, que se haya de encontrar un día
su representacion matemática correcta...
Entre las consecuencias no menos importantes de estos excesos matemáticos
en la física contemporánea ha de anotarse el alejamiento y la
desconfianza que el ciudadano, incluso el bien informado, opone a este trabajo
tan críptico como elitista. No ha de extrañar, entonces, cierta
alarma del ciudadano que ha de escuchar, o leer, a sesudos científicos
concentrados en su mundo de constructos físico-matemáticos con
observaciones a medio camino entre el dramatismo científico y la perplejidad
ordinaria; como ésta: Podría confirmarse que la realidad
procede de los retorcimientos de bucles de energía en un hiperespacio
de diez dimensiones...(12).
Crisis
de la idea de progreso
En buena medida, es la venalidad de gran parte del trabajo científico-tecnológico
lo que ha hecho que, por primera vez en los doscientos años de vigencia
casi indiscutida, se halle seriamente cuestionada la idea de progreso como
proceso lineal y necesario. Es positivo, desde luego, que este paradigma haya
entrado en crisis tras la larga etapa de aceptación y auge casi universales,
desde que lo acuñara Condorcet (1793) en sus dimensiones verdaderamente
modernas (13). La discusión sobre esta idea, a la luz de la evolución
de cuanto se considera progreso social, y sobre todo a lo largo del siglo
XX, deja muy amplio margen para el escepticismo frente a la ciencia y la tecnología.
Sobre todo, este binomio ciencia-tecnología (entre cuyos componentes
ya no es posible establecer relaciones de sumisión o de antelación)
ha de enfrentarse a las acusaciones que le niegan el ser capaz de resolver
los problemas sociales más acuciantes y básicos: pobreza, enfermedades,
guerras. Sino que, por el contrario, parece instalarse, más bien, en
una plataforma fatal de generación de nuevos problemas y de agravamiento
de los ordinarios. En su intento de desentrañar cada vez fenómenos
más complejos la ciencia está dejando atrás nuestros
axiomas innatos (14).
Tampoco la ciencia viene distinguiéndose, en los años de mayor
arrogancia y pretensión, por contestar a nuestras preguntas fundamentales,
como las que tienen relación con el sentido de la vida y la presencia
del hombre en el mundo. Precisamente, parece que el mayor embate actual que
va a sufrir la idea de progreso procederá de la discusión que
biólogos y paleontólogos vienen animando sobre la evolución
de la vida con un cariz cada vez más escéptico, incluso destructivo.
Así, se recusa actualmente la idea de evolución progresiva de
la vida como producto ideológico de la Inglaterra victoriana (darwinista,
liberal-imperialista) y resultado de la selección que imponen los más
fuertes para ser sustituida por un proceso donde el éxito evolutivo
se basa fundamentalmente en la suerte (15) (es decir, en el caos).
La crítica desde la biología reforzará los planteamientos
más inconformistas desde lo social, que si bien parecen arrancar del
68 francés tienen mucho más que ver con la crítica ecologista
del último tercio de siglo. No es posible aceptar que el medio ambiente
en general discurra por canales de progreso sensible, sino todo lo contrario;
tampoco es evidente que hechos tan elementales como la alimentación
-a escala local, nacional o planetaria- evolucione favorablemente, resultando
espectaculares tanto los puntuales escándalos que salpican el mundo
entero como el progresivo deslizamiento desde tradiciones saludables hacia
pautas culinarias y gastronómicas aberrantes.
Son muchos los que sostienen que cada vez es más sensible el regreso
general en salud personal y pública, tanto la física como la
mental. La medicina química y tecnológica encuentra cada vez
más dificultades para demostrar que evoluciona en una trayectoria adecuada
y para garantizar que no genera más perjuicio que beneficio. Aunque
esta apreciación, bastante extendida, necesita desde luego de matización
y equilibrio, no puede separarse de hechos igualmente preocupantes, como sucede
con el retorno de enfermedades erradicadas y la aparición
de otras consideradas nuevas. La verdad es que adquiere forma
por momentos un estado patológico general muy en conexión con
el desarrollo económico ( e incluso, se diría, con la calidad
de vida tal y como sigue siendo considerada) y caracterizado por el stress
y la velocidad, el desasosiego y la competitividad, el aislamiento y la insolidaridad,etc.
El ritmo económico, y la casi absoluta instrumentalización de
la ciencia y la tecnología por las exigencias productivas y crematísticas
nos recuerdan que ciencia y tecnología son un producto social y que
en consecuencia responde a las fuerzas y resortes dominantes de cada momento
en esa sociedad. Y está claro que cada vez menos ese impulso social
procede de objetivos y anhelos colectivos, amplios, verdaderamente sociales,
sino más bien de grupos o instituciones parciales pero privilegiadas,
como el empresariado, la competencia internacional, la comunidad científica
o incluso la clase política.
Malos tiempos, pues, para creer en el progreso según el optimismo y
la reflexión de nuestros ancestros ilustrados y desarrollistas, para
los que esa idea actuó como motor o meta. Hoy esa meta resulta o desconocida
o indeseable, y obliga a someter a revisión profunda -radical- todos
los componentes de la llamada civilización moderna. Pero
hay que reconocer que no podía ser de otra forma: el progreso se ha
ido identificando más y más con índices y criterios económicos
y hasta economicistas, y ha llegado a hacernos olvidar que era de progreso
social de lo que se trataba, y que ese progreso social, que es el verdadero,
consiste en algo muy distinto a la sucesión de cifras económicas
en progresión.
Recordemos, finalmente, que las raíces del escepticismo frente a la
idea de progreso han tenido siempre un fundamento, digamos, metafísico.
Ya en 1920, John Bury advertía en un clásico trabajo que la
creencia en el progreso pertenece a ese tipo de ideas que no dependen de la
voluntad humana, sino de la aceptación o no de su propia realidad o
falsedad. La idea de progreso -como la inmortalidad personal, el Destino o
la Providencia- atañe a los misterios de la vida y por eso se puede
creer o no en ella, porque puede ser verdadera o falsa (16).
Apunte
interdisciplinar
No creo que sea cuestión, llegados a este punto, de esperar que la
ciencia como producto e institución sociales reconduzca sus esfuerzos
con otros criterios
y prioridades. La feroz competencia entre Estados, empresas e individuos no
augura ninguna reorientación positiva de sus pretensiones y objetivos,
sino, por el contrario, una agudización de sus aspectos rentabilistas
y economicistas, lo que afectará a su alta especialización y
a la dedicación abrumadora hacia unos aspectos frente a la marginación
de otros. Se agravará, pués, su alejamiento de las necesidades
verdaderamente sociales, como viene siendo palpable desde mediados de este
siglo.
Pero esto no debe hacernos olvidar que la ciencia -la verdadera ciencia, es
decir, la que tiene siempre finalidad social- es sólo una, y no es
acertado el asumir su complejidad aparente como razón indiscutible
para seguir atomizándola ad infinitum. Porque esto no sólamente
crea desazón y frustración personales tanto en las etapas de
formación como, sobre todo, en la de ejercicio profesional, sino que
configura un lamentable panorama en el que proliferan más y más
los científicos que son -y así se muestran, muchas veces con
orgullo- verdaderos analfabetos en casi todas las parcelas del saber menos
en la que cultivan ordinaria y - casi siempre- apasionadamente.
La polémica electromagnética refleja suficientemente la posición
científica parcial de cada protagonista (sea individual o colectivo):
cada exponente parte de un enfoque, o punto de vista, generalmente separado
o aislado de numerosos otros posibles. Esto sucede sobre todo entre profesionales
o especilistas de las diversas ciencias naturales, como físicos y biólogos.
En la actitud del especialista suele estar presente el desprecio hacia toda
definición generalista del saber, y esta es una actitud con connotaciones
político-sociales. Barry Barnes, que cree que la actividad científica
en cuanto tal es una actividad colectiva y organizada que se haya inserta
en la división social del trabajo, señala que la especialización
estaría en el origen del formidable poder de los científicos
considerados como grupo social(17).
Pero esa especialización del saber lleva a niveles de exageración
que rozan lo ridículo, porque no pocas veces un especialista en determinada
rama de la Matemática, por ejemplo, ha perdido la visión general
sobre la Matemática como ciencia... Robert Oppenheimer hacía
observar (1965) que se han desarrollado las disciplinas especializadas
como los dedos de la mano, unidos en su origen pero que ya no están
en contacto unos conotros, y sentenciaba, presa de una indisimulable
desolación personal: En la actualidad el conocimiento científico
no constituye un enriquecimiento de la cultura general (18).
De ahí que sea precisamente la formación amplia, la ambición
científica universalista la recomendación que haya de hacerse
siempre que posiciones pretendidamente científicas se enfrenten sin
diálogo, atrincheradas en sus respectivos postulados o paradigmas tradicionales
y específicos. Esa lamentable separación -radical, vital, nada
trivial- entre ciencias y letras tanto en los planes de estudio
como entre científicos, intelectuales y profesionales del momento ilustra
el punto necio y disparatado al que han llegado la institución de la
enseñanza y en consecuencia la comunidad científica y tecnológica.
El vulnerar este determinante, este corsé y esta perspectiva chata
del mundo y el conocimiento que sobre él hemos de pretender puede salvarnos
de las dedicaciones obsesivas y de la sobrevaloración de la propia
actividad, que configuran una actitud siempre indeseable.
La crítica científico-tecnológica sólo es posible
con un amplio bagaje científico y con un mínimo de experiencia
tecnológica pero, sobre todo, exige una sólida vocación
por lo social, lo que -a despecho de muchísimos científicos
naturales- también constituye un empeño científico y
genera una parcela del saber con pretensiones bien fundadas, de tanta o mayor
universalidad como pueda arrogarse la física teórica. (No está
de más recordar que una de las causas que originaron la sociología
como ciencia moderna fue la reacción ante las consecuencias
nocivas que la Revolución Industrial mostraba ya en la transición
de los siglos XVIII a XIX; y de ahí que siempre se preocupara de la
reorientación de la ciencia, dando prioridad a sus aspectos y determinantes
sociales, con afán declarado de unificación).
Además, desde el famoso trabajo de Thomas S. Kuhn (19) (1962) pocos
siguen discutiendo que la ciencia no sea otra cosa que una empresa colectiva
de solución de enigmas. Y ya no se pueden ignorar ni su dimensión
social ni su enraizamiento histórico (20).
Notas
(1) Commoner, Barry: Ciencia y supervivencia. Plaza & Janés, Barcelona,
1970.
(2) Del artículo de Francisco Vergara, Riesgos para la salud
humana de las exposiciones ambientales a campos eléctricos y magnéticos
en Física y
sociedad, Revista del Colegio Oficial de Físicos, nž 10 (primavera
de 1999).
(3) Siguiendo a Alejandro Úbeda, biólogo, en Campos magnéticos
ambientales y cáncer, El País, 1-6-1994, en respuesta
al artículo ¿Afectan los campos
eléctricos y magnéticos al hombre?, del físico
Miguel Aguilar, publicado en El País, 11-5-1994.
(4) Según S. Castaño, A Real y J.M.Gómez, del CIEMAT,
en Campos electromagnéticos generados por las líneas de
alta tensión. Posibles efectos sobre la
salud y el medio ambiente, en Física y Sociedad, op. cit.
(5) Según Francisco Vergara, op. cit.
(6)Véase el artículo de Robert Cleveland, Radiofrequency
radiation in the environment: sources, exposure standards and related issues,
en Ayrepetyan, S.
y Carpenter, D.: Biological Effects of Electric and Magnetic Fields. Academic
Press, San Diego (Cal.), 1994.
(7) Mayr, Ernst: Towards a New Philosophy of Biology, citado en John Horgan:
El fin de la ciencia. Los límites del conocimiento en el declive de
la era
dientífica. Paidós, Barcelona, 1998.
(8) Sánchez Ron, J.M.: Diccionario de la Ciencia. Planeta, Barcelona,
1996.
(9) Horgan, John:op. cit.
(10) Aunque la redacción y su contexto es ligeramente distinto, tal
y como aparece en Il Saggiatore, 1623, VI, 232.
(11) Citado en Sánchez Ron, J.M.: op.cit.
(12) Horgan, John: op.cit.
(13) Marqués de Condorcet: Esbozo de una imagen histórica del
progreso del espíritu humano. Publicado en 1795, un año después
de su muerte.
(14) Citado en John Horgan, op. cit. aludiendo al pensamiento de Gunther Stent
y Gregory Chaitin.
(15) Del artículo de Pere Alberch, El concepto de progreso y
la búsqueda de teorías generales en la evolución,
en El progreso.¿Un concepto acabado o
emergente?, editado por Jorge Wagensberg y Jordi Agustí. Tusquets Editores/Fundació
la Caixa, Barcelona, 1998.
(16) Bury,John: La idea del progreso. Alianza, Madrid, 1972.
(17) Barnes, Barry: Sobre ciencia. RBA Editores, Barcelona, 1995.
(18) Robert Oppenheimer, citado en W.O.Hagstrom: The Scientific Community.
Basic Books, Nueva York, 1965.
(19) Kuhn, T.S.: La estructura de las revoluciones científicas. FCE,
Madrid, 1990.
(20) Citado en M.González, José A. López y José
L. Luján: Ciencia, tecnología y sociedad. Una introducción
al estudio social de la ciencia y la tecnología.
Tecnos, Madrid, 1996