Entre la necedad y la necesidad

Mariano Bueno

Estamos inmersos en unos procesos sociales marcados por la vertiginosa rapidez en que se producen los cambios y en donde los acontecimientos se suceden a tal velocidad que lo que fue noticia importantísima ayer, hoy es tan sólo un recuerdo del pasado, en el mejor de los casos, o simplemente ha quedado sepultada bajo las montañas de papel impreso que ya nadie leerá.

Inmersos en esta vorágine, y con la sensación de sentirnos incapaces de levantar el pie del acelerador o de poder pisar el freno; se nos bombardea continuamente desde todas partes, con nuevas necesidades y esta capacidad de sugestión colectiva que llegamos a pensar y sentir que si no accedemos a ello no podremos vivir correctamente, seremos marginados, estaremos en desventaja con los demás, peligrará nuestra seguridad o sencillamente no podremos ser felices.
Entre los mejores inventos que jamás se hayan concebido, construido y comercializado para el control y la manipulación de masas quizás esté el televisor; posiblemente se me objetará que se trata de una buena herramienta de la que a lo mejor se está haciendo un mal uso. Pero deberíamos cuestionarnos la herramienta en sí misma, así como el resto de sistemas de comunicación social.
Hoy por hoy, la gran mayoría de medios de comunicación- prensa, radio y televisión -viven y se mantienen mediante la publicidad, por lo que no son de extrañar anécdotas como que una cadena de televisión no emita un reportaje -realizado por la propia cadena-, sobre la contaminación electromagnética ante las amenazas por parte de los directivos de que varias empresas anunciantes retirarían su publicidad en caso de emitir el programa. Si alguien tiene dudas sobre los aspectos oscuros del control de las medios de comunicación que lea el libro de Gunther Wallrraf: “El periodista indeseable”.
El problema radica en que por contra, nos sentimos bien informados y estamos medio convencidos de que existe libertad de prensa. Quizás tan sólo porque algún periodista de tanto en tanto, destapa trapos sucios de políticos, empresarios corruptos o porque podemos enterarnos de la vida íntima de los famosos.
No siempre es fácil darse cuenta de que tan sólo aquello que es negocio para alguien (además tiene que ser un gran negocio) es promocionado a bombo y platillo por los medios de comunicación de masas. Mientras el resto de información por muy importante e interesante que sea, tan sólo ocupa pequeños espacios, siendo en la mayoría de ocasiones usada como relleno o para atraer la atención y que la gente no haga Zapping.
Lo curioso, es que la famosa caja tonta se ha convertido en la religión con más adeptos del mundo, los cuales dedican una media de tres horas diarias de beata y absoluta devoción. Ninguna religión había conseguido congregar tantos fieles a su alrededor, ni lograr que en cada casa, palacio o chabola de cualquier parte del mundo se coloque en un altar preferente a la diosa televisión, representante directa del todopoderoso Dios don dinero.
Pero al igual que le sucediera al cristianismo, el televisionismo tardó en expandirse y llegar a ser popular, la técnica fue progresando lentamente desde los primeros y rudimentarios tubos de rayos catódicos en blanco y negro, hasta los monitores de altísima definición y nosecuantas pulgadas.
Por contra, en apenas un lustro, hemos asistido a una de las explosiones comerciales quizás más espectaculares de la historia: La telefonía móvil.
Podemos pensar que era inevitable, pues la sensación de libertad y seguridad que proporciona el sentirse comunicado las 24 horas del día, estés donde estés, es algo muy importante.

¿Por qué la sensación es de sentirte libre -de llamar o de que te llamen- y no prisionero por haber renunciado a la intimidad personal?
Sobre los motivos o la conveniencia del uso de los celulares podríamos estar discutiendo horas, días o semanas, pero lo que no es de recibo, es que lo que puede ser una buena herramienta para muchos profesionales o incluso algunos particulares, se convierta con el paso de los días, merced al machaconeo abrumador y el regalarte el aparatito por el mero hecho de comprar una bolsa de patatas fritas, en necesidad vital irrenunciable.
Al principio era el símbolo distintivo de una cierta clase social; los peces gordos, los ricos y los triunfadores, podían vacilar en sus cochazos de carísimo teléfono móvil. Pero llegó la tecnología democratizadora y casi por arte de magia nos regalan a todos los mortales un sofisticadísimo aparatito que facilita la comunicación y la convivencia.

¿Pueden los teléfonos celulares ser regalos envenenados? En cierto modo si, pues por un lado está el coste añadido al de teléfono convencional que probablemente tengamos en casa y por otro los perjuicios para la salud -sobre todo mental- que su uso- o abuso- conlleva.
Que el teléfono móvil es perjudicial para la salud se lo podríamos preguntar (si aún vivieran) a Dudayev y a uno de los máximos dirigentes del grupo Hamas palestino.
Dudayev perdió la vida mientras hablaba con sus generales chechenos a través del teléfono celular. Los militares rusos le enviaron un misil teledirigido por las microondas emitidas desde el aparato.
El palestino fue víctima de un atentado preparado por los servicios de inteligencia israelíes que le colocaron una bomba al interior del motorola que gentilmente alguien le prestó para que estuviera localizable.
Ironías aparte, resulta tentador disponer y usar el teléfono móvil, pero existen bastantes evidencias de que su uso -incluso restringido- provoca alteraciones neuronales, de las que por desgracia tan sólo a largo plazo podremos evaluar sus verdaderas consecuencias. En este número de GEA se describen algunas de las investigaciones al respecto, por lo que yo tan sólo deseaba reflexionar sobre la parte del uso racional de un invento.
Se me puede tachar de reaccionario y antriprogreso, pero lo cierto es que quizás me fastidie la falta de respeto que se está produciendo en torno a los celulares. Cuando viajar en tren empezaba a ser un verdadero placer por la gran tranquilidad que uno vive y la ausencia de humo de tabaco en los vagones, aparecen unos individuos que en solitario o desde varios frentes, empiezan a gritar, discutir de negocios o contar sus intimidades, ante la perpleja indefensión del resto de pasajeros a los que tan sólo nos cabe callar y soportar un cierto cúmulo de necedades humanas.
Tan molesto como la musiquilla electrónica sonando en medio de la película y destruyendo la poca magia que aún podemos saborear.
Añadamos a la lista de atentados, las imprudencias temerarias de las que nos vemos objeto cuando conducimos y somos sorprendidos por un despistado que en una mano sostiene el volante y con la otra agarra como puede el celular, mientras grita o pone cara de afligido.
Está claro que a casi todos los problemas que plantea el teléfono celular existen opciones y alternativas: El sistema manos libres en el coche con lo que además se puede ahorrar las 50.000 ptas. de la multa. El sistema de auricular y micrófono externos permite alejar el aparato a una distancia prudencial de la cabeza- que es la parte que más afectada se halla por la acción de las microondas-.
Por otro lado, el desconectarlo cuando el usuario quiere estar ilocalizable, le devuelve la intimidad y la libertad perdidas, aunque ¿quién es capaz de resistirse a la tentación de pensar: y si mientras estoy desconectado me llaman por algo urgente o importante?

  ¿Qué hay más importante que la propia salud mental y personal?.
Que conste que estas reflexiones no son las de alguien contrario al inevitable progreso tecnológico y social. Pero sí, las de alguien molesto porque sólo se promueva la tecnología que crea dependencias económicas y grandes beneficios a ciertas multinacionales.

¿Acaso el teléfono celular es más importante para el progreso social y mundial, que el descubrimiento, fabricación y comercialización de las bolas electrónicas de lavar la ropa? Se trata de unos artilugios esféricos en forma de pelotita que se echan en el lavabo o en un barreño, junto con el agua y la ropa y, por ultrasonidos, disuelve y elimina toda la suciedad adherida a la ropa.
La primera patente que salió al mercado hace un par de años fue comprada por una multinacional de detergentes y nunca más se supo del invento. Ahora ha vuelto a salir anunciado en algún recuadrito de alguna revista sin que ello resultara significativo.

¿Acaso el poder lavar la ropa sin el enorme gasto energético actual y sin contaminar el agua con la química agresiva de los detergentes no es algo maravilloso?.
Entonces, ¿por qué no se promociona tanto el uso de este nuevo invento, como se promociona y alaba por todos los medios posibles el uso de los teléfonos móviles?.
Creo que una simple reflexión nos aportará las evidentes respuestas.
Resulta triste observar como seguimos preocupados por nuestra personita, por nuestros problemitas e historias personales, mientras ignoramos los problemas sociales o medioambientales.